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Una muestra de nuestra capacidad de reaccionar para proteger nuestro planeta

Hace treinta años nuestra generación se vio conmocionada por una destrucción masiva del ozono de la atmósfera antártica, que pronto se popularizó con el siniestro nombre de Agujero de Ozono.

Nadie había previsto tal eventualidad, ni había registros de que nada parecido se hubiera producido con anterioridad. El ozono se medía diariamente en la Antártida desde 1957 y varias décadas antes desde un buen número de observatorios distribuidos por todo el planeta.

Dos investigadores americanos habían advertido, años antes, del peligro que para la capa de ozono a nivel mundial suponían las emisiones a la atmósfera de compuestos clorados, conocidos como CFC, de origen antropogénico.

Sin embargo, sus estimaciones nada parecían tener que ver con la virulencia del fenómeno que se desarrollaba en la Antártida, donde se perdía el 50% del ozono y en algunas capas de la atmósfera desaparecía hasta la última molécula.

La voz de alarma la dio un científico japonés en un congreso de especialistas, pero era tan increíbles los datos que presentaba que nadie la tomó en consideración. Un año más tarde, la prestigiosa revista científica Nature daba cuenta de observaciones similares tomadas por científicos británicos también en la Antártida. Meses después un satélite de la NASA confirmó las mediciones: algo destruía el ozono de la atmósfera antártica.

El peligro no podía ser mayor. El ozono filtra la parte más letal de la radiación ultravioleta procedente del Sol. Sin esa capa protectora la vida no se hubiese podido desarrollar sobre la Tierra, al menos en las formas en que conocemos.

Nadie podía imaginar las causas de tan virulento fenómeno, ni si se iba a limitar al medio antártico, o aparecería también sobre la región ártica, o incluso si se extendería por el resto del planeta, amenazando con convertirlo en un mundo yermo en muy poco tiempo.

Una carrera contra el tiempo

Casi de forma inmediata un elevado número de científicos se dirigieron a la Antártida para encontrar el origen de fenómeno, luego para tratar de buscar la forma de pararlo primero y revertirlo después. Entre ese equipo de hombres de distintas nacionalidad tuve la suerte de encontrarme yo y otros compañeros de mi grupo de investigación.

En un tiempo excepcionalmente corto se pudo encontrar sus causas: tenían su origen en esos compuestos CFC, pero las peculiaridades de la atmósfera antártica hacía que la destrucción de ozono  se acelerase de una forma exponencial.

No fue sencillo convencer a la opinión publica de que unos gases que se utilizaban, principalmente, en el hemisferio Norte, tenían la peculiaridad de alcanzar el otro extremo del planeta, precisamente la parte más impoluta, y provocar una destrucción sin precedentes del equilibrio natural de la atmósfera.

Más difícil fue convencer a los políticos de que había que tomar medidas para contener la emisión a la atmósfera de esos gases, que eran utilizados en un gran número de actividades industriales y domésticas. Pero se logró, y la firma del Protocolo de Montreal en  1987 fue el primer paso de una serie de acuerdos internacionales destinados a prohibir la producción de estos compuestos y de otros similares que también contribuían al problema.

Un cambio de mentalidad planetario

Hasta entonces los episodios de contaminación no habían excedido el marco local o regional. En este caso, el agujero de ozono era la prueba palpable de que vivíamos en un mundo interrelacionado. Donde todas nuestras acciones, por inofensivas que pudieran parecernos, podían tener consecuencias catastróficas a miles de kilómetros de distancia. El agujero de ozono nos hizo ecologista y nos dio esa perspectiva de universalidad a todos nuestros actos.

Si bien se pudo determinar en poco tiempo las causas de la destrucción de ozono y prohibir la fabricación de las sustancias que lo producían, no iba a ser sencillo eliminar de la atmosfera los gases que ya habían sido liberados y que se distribuían de forma invisible por todo el planeta.

Estos gases tenían la peculiaridad de tener una vida media de 70, 100 y más años. Es decir que los que ya se habían liberado a la atmósfera permanecerían en ella todo ese tiempo destruyendo el ozono antártico.

Normalmente estamos acostumbrados a que, cuando accionamos un interruptor eléctrico se enciende la luz de forma inmediata. En este caso aunque accionáramos dicho interruptor, la luz tardaría en encenderse varios minutos. Algo sorprendente para nuestra mentalidad.

Y así, durante los siguientes años hubo que explicar a la opinión pública que aunque se hubiesen tomado las acciones necesarias para solventar el problema del agujero de ozono, se tardarían varias décadas en notar que estas medidas estaban siendo eficaces. Mientras tanto el agujero de ozono volvería a aparecer año tras año.

En un libro de divulgación que escribí en 1989 sobre este fenómeno (“Antártida: El agujero de ozono”) junto con mi mujer, por entonces trabajábamos en el mismo grupo de investigación, decíamos que -pese a las medidas tomadas -hasta el cambio de siglo seguiría aumentando el agujero de ozono y que a partir de entonces comenzaría una lenta recuperación que no sería total hasta, aproximadamente, el 2040.

El tiempo ha hecho realidad nuestras afirmaciones, que en aquel momento a muchos les parecieron demasiado arriesgadas. Hace unos meses un grupo de científicos ha analizado la evolución del fenómeno desde que apareció y ha llegado a la conclusión de que desde, aproximadamente, el cambio de siglo se está produciendo una recuperación de los niveles de ozono en la Antártida.

Y –ayer, 3 de noviembre- la NASA publicaba que el agujero de ozono de esta primavera austral ha sido el más pequeño de los registrados desde 1988. Es decir que volvemos lentamente a las condiciones normales.

No hay que cantar victoria

Quiero ser optimista, pero también soy realista. Las causas de que el agujero de ozono de este año sea tan pequeño son accidentales. Nos esperan años todavía malos. Pero el proceso de recuperación es imparable.

Ya desde hace años los niveles de los compuestos que causan la destrucción del ozono habían disminuido. E incluso algunos científicos amigos míos me informaban de que en algunas zonas de la atmósfera antártica, donde habían desaparecido por completo todas las moléculas de ozono, sus observaciones más recientes habían detectado que volvían a aparecer.

Afortunadamente, nuestras predicciones se están cumpliendo y todo parece ir volviendo lentamente a la normalidad. Quizás la enseñanza del agujero de ozono es que debemos ser prudentes con nuestras acciones, pero también que somos capaces de revertir los daños que producimos a la naturaleza, si obramos en consecuencia y al unísono.